Hace mucho tiempo, en un taller muy muy lejano (por San Fernando de Henares, o incluso más allá)...
¡Cháaaan! ¡Tatachán! Tatachán tatachán tatachán tirututiiiii...
CAPÍTULO 6: ¡EL ATAQUE DE LOS CLONES!
No os podéis ni imaginar las cosas tan raras que pasan el el taller Medina. ¡En serio, yo es que no gano para sustos! Lo de hoy no tiene nombre...
Cuando llegué, golpeé la puerta del garaje como de costumbre, tan feliz, y ésta se abrió lentamente, con un chirriar escalofriante (un pelín de grasa no le vendría mal, ¿eh, chicos?). Ejem, continuemos, un chirriar escalofriante. Lo que vi allí no puede ser descrito con palabras. Afortunadamente, están los afotos.
Ac0j0n@, ¿eh? El joven aprendiz de maestro sólo balbuceaba algo así como: "glglgl... grpfmmm.... mi... mi tesssoooorooo". Apreté los cachetes y se me cortó la respiración, temiéndome lo peor. Afortunadamente, yo no era el objetivo... al menos, ese día. Si vierais lo que pasó a continuación, lo ibais a flipar. Va el tío, se avalanza sobre un precioso Vector, Dremel en mano... ¡y le corta la nariz!
No contento con eso, va ¡y se pone él la nariz del Vector! El pobre infeliz no hacía más que cantar "tiruríiii tiruraaaa", y otras cosas sin el menor sentido.
A pesar de que la fuerza era muy intensa en él, soy conocedor de uno de sus más débiles puntos, y no me quedó más remedio que recurrir a ellas. Sí, lo habéis adivinado: ¡las piezas estructurales light de la reparación!
Su nivel de midiclorianos debía ser más alto de lo que me había imaginado, porque ni con las piezas estructurales light de la reparación se tranquilizó. Lejos de eso, se avalanzó sobre un batido de fresa, se puso a espacirlo a rallitas sobre unos moldes, al tiempo que gritaba cosas como: "¡Un batido de Vector, un batido de Vector!"
Reconocí mi derrota, no podía hacer nada por él. Algo extraño debía haber pasado en mi ausencia. Me consolé como pude (un par de donuts ayudaron) y centré mi atención en mi Aris que, aunque seguía de luto luto luto, lucía un aspecto algo más saludable.
Mientras el joven aprendiz de maestro esparcía batido de fresa por aquí y por allá, me puse mi batín de luto y empecé a lijar silenciosamente las rebabas de la resina, como si la cosa no fuera conmigo.
¡¡¡JOER, QUÉ SUSTO ME LLEVÉ!!! En esto, un señor encorbatado aparece de la nada , se queda mirando fijamente al joven aprendiz, y le dice (muy seriamente): "Hijo mío, YO soy tu padre".
¡La que se lió! El joven aprendiz se revolcaba por el suelo echando espumarajos por la boca gritando "¡tú no eres mi padre, tú no eres mi padre!"; yo dale que te dale a la lija; y el autoproclamado padre del aprendiz se fue dando saltitos escaleras arriba. Una gota fría de sudor recorrió mi espalda, tragué saliva y me guardé un destornillador en el bolsillo por lo que pudiera pasar.
Afortunadamente, al poco aparecieron por allí Lázaro y su complemento Chetosmachine. Chetos rápidamente se interesó por el estado de mi Aris.
Así estábamos cuando se presenta otro señor, éste mucho más familar que el anterior y, con mucha ilusión, se queda mirando fijamente al joven aprendiz, y le dice: "Hijo mío, YO sí que soy tu padre".
¡Pobre joven aprendiz de maestro! Estuve un buen rato hasta que logré sacarle de debajo del Mini. ¡Cómo nos pusimos de polvo!
Temblando como un gorrioncillo, y con una cara que no había visto desde el capítulo final de Marco, el joven aprendiz de maestro preguntó: "¿De verdad eres mi papá?". El del bigote se limitó a decir: "¡Yo soy tu padre! ¡Únete a mí y juntos seremos los amos del universo aeroespacial!"
Lázaro y Chetos, muy atentos a toda la jugada, nos hicieron ver sutilmente que era posible que el bigote no fuera del todo verdadero.
La confusión reinó. El del bigote, al ser descubierto, cogió el taladro y la emprendió con mi pobre Aris, que no había hecho nada, mientras gritaba "¡¡Por aquí está está deslaminadoooo!!".
¡Otra vez como un colador!
Luego se puso a echar spray sobre los agujeros. Decía que era no-sé-qué de un acelerador, pero yo sé muy bien que intentaba tapar los agujeros con pintura para que yo no me diera cuenta.
Pero claro, uno no es tonto, así que me puse muy triste por todos los acontecimientos, y decidí que debía volver a ponerme otra franja de luto, pasando a estar de luto luto.
El joven aprendiz de maestro, preso de la locura, empezó a gritar: "¡Déjame intentarlo a mí, papá, déjame a mí!
Como vio que no colaba el cuento del spray para disimular, intentó tapar los agujeros recién hechos con algo llamado... ¿ciano?
Yo no podía más. Reconozco que la presión me pudo. Saqué el destornillador del bolsillo y me puse, poseído por la locura, a clavárselo sin compasión a mi pobre Pike Eléctrico, que tampoco había hecho nada. Si no llega a ser por Lázaro que me lo quitó, y el supuesto padre del joven aprendiz de maestro que me agarró, no sé lo que habría pasado. El joven aprendiz de maestro aún se recreaba mirando su herramienta de tortura de alas.
Tras un rifi-rafe del que prefiero no dar más detalles, la cosa se calmó un poco. Decidimos ahogar nuestras penas con productos light (y extra light).
Yo le di un viaje al producto extra light, pero no me gustó nada. El joven aprendiz de maestro me dijo que era normal, que es lo que tiene la masilla, que no gusta la primera vez que se prueba. Así que se puso a esparcirla por todo el desaguisado que habían montado. Tal y como estaban las cosas, ni protesté.
Muy astutamente, taparon las franjas de luto del Aris con el producto extra light, y me dijeron que yo ya no tenía excusa para seguir de luto luto.
Negociamos. Finalmente, accedí a quitarme sólo una franja de luto. Así que ahora sólo estoy de luto.
